El arte de ver las cosas: lógicas cartográficas y lógicas de lectura

I

Una singular colección de aforismos y apotegmas de Jonathan Swift, datada en octubre de 1706, incluye una breve sentencia, «Vision is the art of seeing things invisible», cuya recepción parece haber gozado de una fortuna en verdad peculiar.1 Así, a bote pronto, basta con echarle una ojeada a esa suerte de epifanía cartográfica contemporánea llamada Google para comprobar que la citan con verdadero entusiasmo una amalgama de expertos de lo más dispar y en lo más dispar. De ella se valen, entre otros, la autora de una guía para mirar el arte más allá de la visión; pero también el presidente de una asociación cristiana de Estados Unidos, quien la comenta en un libro sobre el extraordinario poder de la oración personal; dos profesores universitarios que escriben un manual sobre el emprendimiento sostenible en el sector del ocio y el turismo; el autor de un tratado sobre el liderazgo; la autora de un libro de autoayuda centrado en la persecución de la felicidad; un matrimonio que firma al alimón un ensayo a favor de, faltaría más, la institución del matrimonio; lo que parece ser un suplemento de prensa sobre telemedicina; más tratados sobre el liderazgo; más libros de espiritualidad y autoayuda… Y así hasta componer una interminable sucesión en la que andan juntos y revueltos los doctores universitarios y los vendedores de crecepelo.2

Quizá esta heterogeneidad de usos y propósitos de una misma sentencia sea achacable a un sencillo pero nada insignificante detalle. De que Jonathan Swift tuvo un ingenio agudo, algo más grave de lo que parece y, en general, brillante, no cabe duda. De que, a pesar de ello, decir «Visión es el arte de ver las cosas invisibles» signifique algo concreto, como concluye Don Quijote de las fabulosas hazañas del Cid, «la hay muy grande». O por lo menos me concederán que se trata de una de esas deliciosas frasecillas con la apariencia de profundidad y la ligereza suficientes como para poder hacerle decir lo que a cada cual le venga en gana. Dos siglos después de la ocurrencia de Swift, en 1908, el naturalista norteamericano John Burroughs publicaba un ensayo de título que se diría inspirado en la sentencia del escritor irlandés: The Art of Seeing Things. Nada tienen en común ambos casos salvo el valerse de un mismo sintagma, sin embargo. Burroughs pretende abordar la labor del especialista en historia natural valiéndose de una vieja metáfora: éste no es otra cosa, en última instancia, que un lector avezado del gran libro de la naturaleza.

Ocurre, no obstante, que la lectura de este libro no es nada fácil, porque la página del libro de la naturaleza, observará Burroughs, rara vez se presenta con la nitidez del contraste que proporciona el negro sobre blanco en los libros convencionales. En ella el fondo y la letra se confunden, tienen tonalidades parecidas, tipografías disímiles, afinidades indiscernibles y borrones superpuestos en líneas que se entrecruzan. Por todo ello, hay que poner un cuidado especial en aprender a leerla. De ahí que nuestro naturalista venga a concluir lo siguiente: «The science of anything may be thaugh or acquired by study; the art of it comes by practise or inspiration» (Burroughs, 2001: 3). La referencia a la inspiración, cuando se vale de ella un positivista clásico, como es el caso, ha de darse por hecho que es un tanto irónica; la referencia a la práctica, en cambio, seguro que va en serio, toda vez que la palabra «arte» debe entenderse aquí no en el sentido restringido que tiene en la expresión «bellas artes», sino en el mucho más amplio de ‘oficio’, ‘industria’, ‘capacidad para hacer algo’, etc. En suma, «arte» es todo aquello que los griegos llamaron téchne y que en latín se tradujo como ars.

¿A qué nos referimos, pues, con «el arte de ver las cosas»? No a una especie de esencialismo críptico a la manera de Jonathan Swift, sino a algo más cercano a esa habilidad adquirida con oficio en la que se ampara Burroughs para defender el ejercicio de su ciencia. Creo, de hecho, que una de las formas modernas más características de la lectura consiste precisamente no en el arte de ver lo que es invisible, sino, antes bien, en el mucho más sutil de ver lo que es visible. Si me dan unos minutos, se lo explico.

II

Es bien conocido el caso del capellán de Hernán Cortés, Francisco López de Gómara, quien a mediados del siglo XVI publicó una Historia general de las Indias. La segunda parte de esta obra, titulada Historia de la conquista de México, empezó muy pronto a editarse por sí sola. Por alguna razón que sigue sin estar del todo clara, este volumen fue requisado en suelo peninsular y publicado con insistencia en el extranjero al mismo tiempo, hasta el punto de convertirse en una suerte de historia oficial de la empresa de Cortés. Hay un detalle, sin embargo, que no debiéramos pasar por alto: López de Gómara ni cruzó jamás el Atlántico ni, por lo tanto, puso un solo pie en América. Lo que sí hizo fue trabar trato con marinos para documentar todos los resquicios de la navegación, sorprendiéndose de «que tan sutil arte y tan usada y peligrosa esté en gente grosera y que no sabe leer» (López de Gómara, 2000: 58).

Y no, ciertamente no sabrían leer. Por lo menos no a Aristóteles ni al propio López de Gómara. Pero fueron los marinos, y no Aristóteles ni López de Gómara, quienes vieron con sus propios ojos la orilla al otro lado del Atlántico. Alguna consecuencia importante acabaría acarreando eso.

III

Más allá del Atlántico, hasta el Pacífico, llegaron en cambio el escocés Sir Alexander MacKenzie y el inglés George Vancouver a finales del siglo XVIII. A cartografiar ese lado del globo se dedicó el también británico James Cook, muerto en 1779. Tras las incursiones de todos ellos, el mundo visto desde Europa se ha ampliado notablemente, y así nos lo muestra el mapamundi de Eustache Herisson publicado en 1828. Se da a la imprenta de manera póstuma, de hecho, pues este cartógrafo francés vivió entre 1759 y 1816. Las fechas me parecen importantes en este caso, siquiera porque muestran muy a las claras que se trata de un mapa impensable al margen de los presupuestos de la Ilustración que le son coetáneos. Todo lo que hay en él se apoya en la observación directa, la evidencia empírica y un sentido de la racionalidad que nos resulta familiar. Quizá por eso ésta sigue siendo, poco más o menos, la imagen del mundo que muchos seguimos teniendo en la cabeza.

Pero un mapa, digámoslo al fin, no es tanto una imagen del mundo como una lectura del mundo. Veamos.

IV

Abraham Ortelius, cartógrafo flamenco nacido en Amberes, es conocido como «el Ptolomeo del siglo XVI». En 1570 publicó su Theatrum Orbis Terrarum, una colección de setenta mapas a la que por primera vez se le aplicaba el nombre de atlas. El copioso número de ediciones que conoció durante las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII en diferentes países, retocadas incansablemente por el autor hasta su muerte en 1598, delata que en materia cartográfica la suya no era una obra al uso. Fue, en verdad, la referencia a seguir durante mucho tiempo.

Pese a algunas diferencias en el trazo del contorno de los continentes, sobre todo en América, lo primero que nos llama la atención en su «Typus orbis terrarum» es que la Antártida, esa «Terra Australis nondum cognita», esto es, ‘tierra del sur todavía no conocida’, luce como un corpachón enorme, como una especie de cascarón sobre el que parece sostenerse el resto del globo terráqueo. Y en cierta manera así era todavía para muchos sabios a finales del siglo XVI.

V

En 1472, en Augsburgo, alguien ilustra la primera página del capítulo XIV de las Etimologías de San Isidoro con la que quizá sea hoy la versión más conocida del mapa T en O. Si en Ortelius creíamos ver algunas inexactitudes, en este caso el mapamundi pudiera parecernos directamente fuera de todo anclaje en la realidad. Ni tan siquiera está organizado según la habitual disposición Norte y Sur. El Oriente figura arriba; el Occidente, abajo. Los continentes conocidos por la Cristiandad hasta ese momento se distribuyen en esquema tripartito: Asia está por encima de Europa, que se sitúa por debajo a la derecha; mientras que, también por debajo, África queda a la izquierda. Los separa el mar con forma de T y los envuelve el océano en forma de O. De ahí que lo nombremos como lo nombramos, pues es exactamente una T dentro de una O lo que vemos en él.

Algunas narraciones medievales sobre Alejandro Magno suelen incluir un curioso episodio en el que el emperador macedonio logra emprender un viaje aéreo en un carro tirado por dos grifos. De este modo, Alejandro llega a ver la forma de la Tierra desde los cielos. No es sólo que vea esa disposición T en O, que por supuesto la ve; es que además no puede ver otra cosa.

VI

Por último, en diciembre de 2010 lanzó Facebook un mapa del mundo que nos resulta familiar y extraño al mismo tiempo. Como hace notar el periodista británico Simon Garfield en un apasionado libro sobre cartografía, éste es un mapa hecho por quinientos millones de cartógrafos al mismo tiempo, pues tal es el número de usuarios que tenía en ese momento la conocida red social (Garfield, 2013: 15). La primera impresión de familiaridad se disuelve cuando empezamos a percatarnos de que China apenas se ve, como la mayoría de Asia y una buena parte del Este de África o por entero Brasil. Todas esas zonas se perciben como un hueco fósil sobre la piedra, como un papel, a lo sumo, cuyos renglones están borrándose bajo el agua. De todos modos el contorno de esas fronteras únicamente existe en nuestra mente, pues en el mundo virtual sólo hay líneas que establecen conexiones entre usuarios al modo de una tupida red de araña.

Se trata, poco más o menos, del mundo tal como empezamos a verlo hoy.

VII

Hablemos al fin de anomalía y norma. La norma que tenemos asumida es la del mapa de Eustache Herisson, esto es, la norma ilustrada que privilegia por encima de todo el criterio empírico. El hecho de haberla naturalizado como una especie de versión definitiva de la racionalidad humana hace que todos los demás mapas se perciban, de un modo u otro, como aproximaciones incompletas o directamente absurdas con respecto a esta forma de leer el mundo. Si hoy nos parecen una anomalía es sólo porque olvidamos que en su momento también fueron norma. Como no quiero abusar de su paciencia, me limito a darles unas pocas pinceladas que pretenden ser en realidad una invitación a ejercitarse en el arte de ver las cosas. Lo que hace a cada uno de esos mapas ser como es no es la ignorancia de ese criterio racionalista que desde el siglo XVIII consideramos universal y definitivo, sino el hecho de constituir todos ellos producciones de distintas formas de legibilidad, por utilizar un concepto de Hans Blumenberg que me parece especialmente adecuado. Producciones, claro está, que atienden a lógicas históricas muy diferentes, aunque con gran coherencia todas ellas dentro de su coyuntura específica.

¿Qué iba a ver un hombre muy letrado como Ortelius allá donde sólo se sabía que estaba la tierra todavía no conocida? Nada más lógico que lo que ve, esto es, un cuerpo grave en sentido aristotélico, que tiende hacia abajo y que al hacerlo equilibra al resto de los continentes, cuya masa y peso forzosamente ha de exceder. Hay todo un orden del mundo que tiene su translación en una forma especialmente elaborada de lectura, en tanto se deriva de un importante sentido de la auctoritas. Por poner unos ejemplos algo plebeyos, y aunque se trate de casos muy diferentes, en su recurrencia a la autoridad de la tradición no se diferencia tanto de lo que escribe el Arcipreste de Hita en el Libro de buen amor: «Como dice Aristóteles, cosa es verdadera», etc. Y de hecho es la autoridad de la física aristotélica exactamente aquello que defienden los escolásticos a los que Galileo ridiculiza en el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y republicano. Como es la autoridad de Horacio en materia poética lo que Góngora destruye en una observación memorable en respuesta a una carta que alguien del círculo de Lope de Vega le envía tras la difusión de las Soledades por Madrid: «caso que fuera error, me holgara de haber dado principio a algo, pues es mayor gloria iniciar una acción que consumarla». Como es uno de esos soldados de Cortés, salidos de entre la «gente grosera» a la que aludía López de Gómara, quien le va a recordar a este último en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España que él no cuenta las cosas de oídas o apoyándose en lo que dicen los auctores, sino en lo que ve con sus propios ojos.

¿Qué iba a ver un imperator litteratus como el Alejandro que ideó la Edad Media desde donde nadie podía situarse para ver nada, esto es, desde los aires? No otra cosa que un libro, el Libro del Mundo, que se le presentaba como la imagen especular de otro, el Libro Sagrado. Por eso el mapa T en O es una sofisticada elaboración del alegorismo cristiano: Cristo es muerto en Asia, que por eso figura a la cabeza; la pierna derecha (diestra) es Europa, tierra de Roma y lugar en que reposan los restos de los apóstoles Pedro y Pablo; la izquierda (siniestra) se corresponde con África, tierra de Mahoma. La T remite a una cruz inserta dentro de esa totalidad alegorizada por la O, signo de la eternidad y la unión sin fisuras. El Libro del Mundo narra así la misma historia de salvación que narra el Libro Sagrado, lo cual se concluye a partir de una lectura de las semejanzas. No por casualidad hemos aludido al mapa T en O estampado en una edición de las Etimologías de San Isidoro, pues para la visión etimológica existe una relación necesaria entre la palabra y la cosa que designa.

Y ya por último, ¿qué mundo puede ver una gran corporación con vocación monopolística como Facebook? En cierto modo, yo diría que otra forma de alegoría –capitalista esta vez– que ha llegado hasta nosotros. Existen los millones de usuarios conectados entre sí que parecen conformar un mercado en enérgica expansión. En cambio, aquellas zonas del planeta que Facebook, desde su nacimiento, está pugnando por dominar sin tanto éxito, y en las que tiene severa competencia, como es el caso de China o de Rusia, se dirían a la espera de salir de su aislamiento o de emerger de su oscuridad.

Si se fijan bien, verán que no les he contado nada que no haya estado siempre ahí. Tan sólo se trata de aprender a verlo.

Bibliografía

Blumenberg, Hans (2000). La legibilidad del mundo, Barcelona, Paidós.

Burroughs, John (2001). The Art of Seeing Things. Essays (Zoë Walker, ed.), New York, Syracuse University Press.

Garfield, Simon (2013). On the Map. Why the World Looks the Way it Does, London, Profile Books.

López de Gómara, Francisco (2000). Guerras de mar del emperador Carlos V. Compendio de lo que trata Francisco López en el libro que hizo de las guerras de mar de su tiempo (Miguel Ángel de Bunes Ibarra y Nora Edith Jiménez, eds.), Madrid, Sociedad Estatal para la conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V.

Swift, Jonathan (1751). Thoughs on Various Subjects Moral and Diverting, in Miscellanies, 14th ed., London, R. Dodsley.

Nota y archivos

Nota:

Este texto se corresponde con la presentación oral de una ponencia leída el 20 de abril de 2016 en el Congreso Internacional sobre Lectura y Educación Lingüística y Literaria, Itinerarios, viajes y cartografías de la lectura y la escritura. El congreso tuvo lugar en la Universidad de Almería.

La presentación adjunta puede descargarse aquí.